Me encanta “Lo que el viento se llevó”, lo debo confesar: me encanta y me encanta. Y Escarlata O´Hara ha sido una de mis heroínas. Ese genio, ese carácter, ese fru-fru de las enaguas pa ca y pa lla todo el rato… y ese dramatismo y ese Capitán Butler tan socarrón y con tanto mundo, pero tan enamorado el hombre, la verdad.
Yo esa película casi que me la se de memoria, no me avergüenza reconocerlo, y más de una vez me he sentido imbuida por el espíritu de Escarlata con aquella furia semi-latina que le entraba ante la injusticia y la opresión -porque ella, a la par que frívola que te cagas, era muy tremenda y muy contra el sistema a su manera- y me he sentido yo como una heroína a punto de decir “a Dios pongo por testigo…” y lo de “ya lo pensaré mañana” con la mirada perdida y llena de determinación novelera de “por la gloria del Tato que me salgo con la mía, ¡por qué yo lo valgo”!
Pues bien, el viernes me pasó una cosa que me elevó a protagonista estelar de la película de mis amores… aunque no de una de mis escenas favoritas, a qué engañarnos. Y es que una ya no es lo que era. Es triste reconocerlo, incluso tirando a patético, pero es que lo del viernes…. ¡Lo del viernes fue pa nota!
El caso es que yo desde que soy mujer y madre en la vida venía notando que mi glamour y modernidad se iban resintiendo. Tu notas algo… que se yo, pues que ya no te importa tanto no ir perfectamente depilada … Que miras con ternura, en vez de con horror, las manchitas de papilla, leche o zumo de naranja que luces por doquier… Que llevas sin empacho esos famosos “cuatro kilitos de más” que arrastras desde el postparto… El caso es que son detalles que los vas dejando, los vas dejando y cuando acuerdas te has convertido en un ser greñosillo y ligeramente estresado, que devora con avidez “Mi bebé y yo “, tiene un master sobre las sillas de bebé más seguras para el automóvil y suspira con deseo ante la última colección de Kenzo… ¡para niños!
El caso es que, consciente de mi deterioro, salí el viernes pasado decidida a darle un cambio radical a mi vida, a retomar las riendas de mi glamour personal, en definitiva: ¡dispuesta a comprarme ropa!
Seguida de mi prójimo y mi preciosa niña me dirigí a Chueca, un recurso que desde que vivo en Madrid nunca me había fallado. Allí estaba yo, tránsida de modernidad, vaporosa y alada pese a que me había levantado a las 6.45 aquella mañana para ir a currar, y dispuesta a que mi tarjeta de crédito echara humo en alguna tienda que no fuera Prenatal.
El caso es que una vez en el Mercado alternativo de Fuencarral, el bastión de lo más modelno del Madrid más modelno, me lancé como loca a mis tiendas favoritas…
Poco a poco me fue bajando la fiebre consumista porque las rebajas ya estaban muy avanzadas y como se suele decir las cositas estaban “muy escogidas”.
Pero yo seguí y seguí, insistiendo en mi propósito y de pronto los vi… ¡Eran unos bombachos naranjas ideales de morir! Y eran talla única, o sea ¡que yo entraba! Ni corta ni perezosa los cojo me meto en el probador y hala, me los coloco, tan ancha yo.
La verdad es que mientras me los ponía me iba diciendo, jo, que difíciles de abrochar son, pero bueno, ya se sabe, así es la ropa moderna: mona, pero poco práctica… De manera que salí del probador tan ufana, con mis bombachos ideales y estaba analizándome en el espejo cuando se me acerca la dependienta y me pregunta muy amable “¿qué tal?” y yo, “pues bien… son monos”. Y la chica, muy prudente ella piercing incluido, me dice como quien no quiere la cosa “¿has probado a ponértelos al revés?” “es que, ¿ves? -me dice señalándose a los bombachos que ella llevaba puestos- los botones son hacia delante…”
En fin… Qué bochorno, ¿no? Pues sí, pero no, porque yo no estaba dispuesta a dejarme amilanar, bonita soy yo, y sin un temblor en la voz, le dije ¡AH GRACIAS! PUES ME LOS VUELVO A PROBAR.
Así que con una sonrisa me metí en el probador donde, ahora sí, me dejé llevar por el autoinsulto y el vituperio.
Ni que decir tiene que no me compre los bombachos… vamos que porque me hacía pis, que si no podía haber seguido metida en aquel probador hasta que llamaran a la fuerza pública.
Sin embargo, y pese a la humillación, me recompuse y me dije a mi misma que aquello había sido un simple percance que le puede pasar a cualquiera: total al fin y al cabo unos bombachos lo mismo “¡van pa lante que pa tras”!
Así que seguí con mi incursión “a la búsqueda del estilo perdido” y… Y no os aburro más, resumiendo: dos de dos. Volví a meter la pata, esta vez con una camiseta azul turquesa monísima, que ahora tengo en mi armario, mirándome, porque, oye, me dije, yo me mantengo en mis trece y por muy moderno y actual que fuera aquel dependiente con su gorrita para atrás y todo, la camiseta se queda mucho mejor como yo me la puse. Y si así es del revés pues mira, la diseñadora se ha equivocado, ¡te lo digo como lo siento!
Bueno… parece que eso el glamour no se recupera en un momento pero yo no pienso rendirme: ¡A Dios pongo por testigo de que volveré a ser la que era!
Porque como le dijo Rhett Butler a Escarlata cuando ella se colocó al revés un sombrerito la mar de cuco que el Capitán le había traído de París: * “La guerra empieza a no ser cosa de broma cuando una chica como tú no sabe cómo se lleva la última moda”.
Vale, ¡pues yo pienso ganar esta guerra!
Aunque… si te digo la verdad… !Ya lo pensaré mañana!
*”The war stopped being a joke when a girl like you doesn’t know how to wear the latest fashion.”
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