Resulta que tengo una amiga que tiene una niña que… (Uy-uy, noto ciertas sonrisitas sarcásticas) No, en serio, que esto le ha pasado a una amiga, de verdad, que no me ha pasado a mí…  Lo que no quiere decir que no vaya camino de sufrir el mismo desengaño un día de estos pero vamos, de momento, y teniendo en cuenta el uso limitado del lenguaje que tiene mi retoño digamos que sus frases felices “hieren” pero no matan. De momento.

En fin, a lo que iba, mi amiga cumplía años. Unos años “estupendos” como dicen las revistas-revistas de moda (me refiero a esas que cuestan más de 3 euros y siempre traen unos regalitos ideales y te cuentan milongas geniales para la  autoestima de una mujer “en su mejor edad”) el caso es que mi amiga, llevada por la euforia del momento “cumpleaños feliz” y por el hecho de encontrarse ella pletórica de belleza, realización profesional y personal y, sin duda, con ansias de practicar algún deporte de riesgo –porque si no, la verdad no se entiende por qué hizo lo que hizo– va y cometió un terrible error, una auténtica temeridad: le preguntó a su niñita si mamá era “joven o vieja”…

A mí, cuando me lo contaba se me iba helando la sangre en las venas: era como ver una pequeña catástrofe a cámara lenta. Tal y como si estuviera asistiendo a la caída libre de esa clásica sopera de la abuela al escurrírsete de las manos en pos de la bayeta mágica… Conoces el doloroso final, lo anticipas, lo intuyes y ves, horrorizada, cómo se acerca inexorable.

En efecto, mi amiga cometió un error. Un error de principianta, y eso que es madre de tres niños, pero en estos casos la experiencia no siempre es un grado.

La cosa es que, la respuesta de su hija, no sólo fue la temida: sino que fue peor. Palabras textuales de la pequeña reinona: “¿Mamá? Mamá es VIEJA. Papá SÍ que es joven y, además tiene TODAS las ideas. Las tuyas y las suyas”.

Fue como un mazazo: me imagino esas palabras dichas ya en mayúsculas, como con eco, flotando por la habitación cual polillas incordiantes, colándose por todos los vericuetos de su autoestima, taladrado hasta la última defensa de su corazoncito de madre, mujer y ser humano…

Por supuesto, ella mantuvo el tipo, como hacemos todas cuando nuestros encantos nos dejan en la más absoluta evidencia. Porque los niños, los tuyos y los ajenos, tarde o temprano te insultan cruelmente. Y no sólo son capaces de hundirte en la miseria con su “sana espontaneidad”– echándote en cara que ya no eres la de antes, a pesar de lo que digan de la “mejor edad” las revistas-revistas de moda– sino que, además, dejan tu inteligencia, creatividad y buen hacer al nivel del betún.

¿Qué hacer en estos casos? ¿Cómo podemos superar los ataques de nuestros pequeños terroristas emocionales? O, aún mejor ¿cómo prevenirlos?

Tras una larga reflexión no he conseguido llegar a una conclusión clara. Supongo que la “Supernanny” esta de la tele tendrá una solución lógica y superracional, del tipo “cómo no se me había ocurrido antes”; pero la vida real es otra: en la vida real una va sin red, sin cámaras de televisión en el cogote y sin defensas ante la tierna mirada de un niño… ¡Y su terrible boca!

Así que la única opción factible que se me ocurre es la que yo llamo “Terapia de  Abstinencia”. Me explico, para un adulto, y para una madre mucho más, preguntar a un niño algo que implique una disyuntiva es como una droga. Hay disyuntivas de solución aparentemente inocente –por ejemplo ¿zumo o batido?– pero hay otras claramente tendenciosas, que pueden crear un conflicto no solo emocional sino hasta familiar, por ejemplo, el tipiquísimo “¿y tú a quién quieres más a papá o a mamá?”

Esta terrorífica frase, provocadora donde las haya y normalmente utilizada por familia política, amiguetes desconsiderados e inconscientes en general, también, a veces, es doloroso reconocerlo, sale de nuestra propia boca en alguna de sus muchas acepciones. Ese rapto de locura que nos lleva a indagar en los sentimientos de nuestros pequeños dictadores es una tendencia natural del ser humano –un reflejo de aquello de sentirte importante, apreciado, especial– !y hay que evitarlo a toda costa¡

Aquí entra la “Terapia de Abstinencia”: cuando sientas la irrefrenable necesidad de confirmar el cariño de tu prole ¡NO LO HAGAS! Clávate alfileres en las uñas, muérdete el codo, píllate las manos con la puerta del ascensor, mete la cabeza en un cubo de agua, hirviendo si es necesario, pero NUNCA-NUNCA, bajo ningún concepto, cometas la locura de preguntar lo que no quieres oir. Porque, pese a la cara de angelito de tu chiquitín lo más seguro es que su respuesta te deje echa una piltrafa.

“La ignorancia es el estado de felicidad perfecto”: ya lo dicen todos los regímenes totalitarios y, no nos engañemos, nuestra casa es la república bananera de nuestros encantadores y mocosos tiranos.

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