Ha habido oposiciones en la SS.SS. Y han adjudicado las plazas a los médicos que han conseguido superar el examen…¡Eso se avisa, leches (mari-carmen)!

No que llega una al ambulatorio, en pleno estrés, corriendo, después de recoger a la niña en la guardería, de comer como los pavos, y de “volar bajo” con el carrito, como las locas para no perder ni un minuto, esperando encontrarte con la tranquilizadora sonrisa de tu pediatra “de toda la vida” (de la vida de la niña oye, que son dos años, ¡que hay relaciones que duran mucho menos!) Y ¡zas! te encuentras con un señor con bata blanca que te dice todo suavón “pasapasa…” Y mi niña arrastrándome de la mano que yo me quedaba atrás toda reticente, ¡a ver si no! Y es que esto de que te cambien de pediatra es peor que si te cambian de ginecólogo. ¡Yo, así lo estoy sintiendo! 

Tengo una horrorosa crisis de fe. Porque resulta que tu llegas con tu niña, como un moco de pequeña y le entregas su salud a un perfecto desconocido y, poco a poco, vas viendo que esa persona responde a tus expectativas.

Es como un enamoramiento progresivo, como esos casamientos de antes, que decían que con el roce se hace el cariño, ¡pues igual! Hasta el punto de que llegas a plantearte si no tenías que “haber buscado más” y no conformarte con una pareja al uso, un señor normal que no es pediatra, ni nada. Y envidias a las mujeres –¡y hasta a los hombres!– que se casan con pediatras, porque piensas “mira que práctico”.

Ea, pues cuando estás en lo mejor de la relación, que ya te conoces pero no hay hastío, que hay confianza, pero no da “asco” como se suele decir, van y hala ¡adjudican plazas en la SS.SS.!

¡No hay derecho! ¡Eso se avisa! Si tienes adjudicado un pediatra “en custodia” lo tendrían que decir de antemano y dejarte decidir a tí, para que no le cojas cariño, para no dejarte llevar del todo en una relación “sin futuro”… ¡Qué bajón! El caso es que el “nuevo” médico no parece mala gente. A mi, entre el tupé y la rigidez de formas, me dio el rollo de estar con el airgamboydoctor, pero muy profesional, todo hay que decirlo.

Impuso sus criterios, insistió en mandarme una cremita para la niña y hasta un descongestionante (que no le he dado, todo sea dicho, porque el otro pediatra era medio naturalista, o sea más de mi cuerda, y mi hermano, “el médico” al que uso a modo de vademécum, me dijo que mientras la niña echara los mocos sola, pues mira.) Y luego, abusando de los 10 minutos de consulta de la SS.SS, decidió el buen hombre que tenía que charlar con mi niña que, claro, sólo charla cuando le apetece y con quien quiere. O sea que entabló un monólogo de algo más de 5 minutos, al que asistí en el más completo mutismo, después de que este señor me mandara callar para departir con mi angelito.

Yo, de todas maneras, no estaba para mucha charla: estaba asumiendo la nueva situación, el despojo brutal al que me había visto sometida, la desolación y el desamparo en el que me había quedado después de la pérdida de este norte de mi vida.

Hoy, ya ha pasado casi un mes, pero aún vivo en plena crisis de fé. Y esta tarde tengo pediatra. A las 17.50.

He llamado, he pedido cita, he fingido una sonrisa y la ilusión infantil del primer día, pero en el fondo sé que me engaño. Ya nunca será como antes y aunque lleve a mi niña con la esperanza (vana) de que todo haya sido un mal sueño, me tocará despertar…

NOTA: Quiero aprovechar este medio para pedir perdón a una señora a la que estas Navidades le “arrebaté” la vez en un caballito mecánico en plena rabieta de mi queridísima. Yo no soy así, de verdad, y pasé un apuro horroroso, pero venía del Corte Inglés con la niña berreando como una fiera y ¡ya no podía más! ¡Lo juro!

Muchas gracias por su comprensión. •

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