Un buen día, no hace mucho, me senté decidido frente al ordenador dispuesto a convertirme en un experto informático. Miré fijamente la pantalla, sin parpadear y permanecí así, inmóvil, desafiante, durante varios minutos, la mano convertida en una garra atenazando al ratón.
Cuando me empezaron a escocer los ojos llamé a mi hija de 12 años y con su ayuda conseguí recuperar la circulación en el brazo derecho que con la tensión se me había quedado dormido.
Este primer contacto con la informática no me desanimó, y varios meses después de esta experiencia reveladora, casi mística, y con la inestimable ayuda de mi hija pequeña, me he convertido en un aceptable usuario de la nueva herramienta del futuro. Y estoy muy contento con mis nuevas habilidades.
Como es natural, tengo al menos dos direcciones de correo electrónico y estoy valorado la posibilidad de tener mi propio blog; mi vida es tan aburrida que un relato pormenorizado de mis experiencias tiene el éxito garantizado.
Y además he hecho infinidad de amigos.
Desde que me abrí los “e-mails” cientos de personas me escriben diariamente a pesar de que no me consta haberles dado mi dirección y a pesar de que ni siquiera los conozco. Quizás busquen nuevas relaciones, aunque tampoco estoy seguro de este extremo porque me escriben en inglés.
Pero lo que más me asombra es todo lo que mis nuevos amigos saben sobre mí. Detalles íntimos, personales, que no le he contado a nadie y que además son falsos.
Me envían mensajes aconsejándome medicamentos para enfermedades inconfesables que por supuesto no padezco, otros me ofrecen pastillas azules hechas en China y los más audaces sofisticados aparatos que parecen sacados de un manual de tortura; pero que llevan el sello de garantía de la CE y cuyo uso sistemático garantiza la felicidad de tu pareja.
También me escribe mi banco, pidiéndome con insistencia, las claves de acceso a mi cuenta para comprobar que tengo las correctas, (a ver si me acuerdo de cuales eran, porque tengo un lío de claves…).
Y, esto es lo mejor: por primera vez en mi vida, ¡me ha tocado la lotería! ¡y varias veces!
No acabo de explicarme tanta suerte, entre otras cosas porque no he comprado ningun boleto; pero así funciona Internet: en cualquier momento y solo por visitar tal dirección o contestar un “emilio” puedes conseguir dinero, viajes o coches.
Esta vez han sido varios millones de euros. Lástima que para que pueda cobrar el premio tenga que enviar las claves de mi cuenta bancaria porque sigo sin recordarlas. •
Crea tu propio grupo de amigos, hablad entre vosotros con nuestro servicio de Mensajería instantánea, o "chatea" un rato. Conoce a otros miembros de la comunidad y manténte informada permanentemente de todo lo que ocurra mediante RSS.
¡Y todo gratis.!
Únete a la Comunidad MAs! y descubre todo lo que puedes conseguir.
Deja tu opinión