He estado observando cómo funciona la inteligencia del hombre (masculino singular). El inventor del fuego, de la rueda, el arado, el T.V. y el microndas. El hombre, masculino singular.
Varón. Treintaytantos. Traje y corbata. Y un gran cuadro en la mano. Empacado. Perfecto.
Y su coche. Blanco, amplio. No pude ver la marca desde la distancia y yo -como soy mujer, femenino singular, y sólo puedo aspirar a reina consorte- no entiendo de vehículos a motor. Y menos de lejos.
Problema. ¿Cómo introducir el cuadro -grande y perfectamente empacado- en el coche -también grande y blanco-?
El hombre va muy directo a su coche. Con decisión. Es… “grande”. Ya se sabe…
Prueba con la puerta derecha de atrás… A ver; no, por aquí no entra… Y si empujo un poco… No, no, tampoco… Hay que ser enérgico, pero suave.
Probemos con la puerta trasera izquierda. ¿Qué tal? ¡Pues igual! Son idénticas, claro.
Que mal momento. ¿Qué hacer ahora?
El hombre empieza a desesperarse: 1º fase.
La 2ª fase fue el cabreo (¡naturalmente!).
Y la 3º, la impotencia, ¡BUF!
Nuestro hombre pensó: pediré ayuda. Cogió su cuadro -grande-, cerró su coche -blanco- y entró por la puerta del pequeño edificio del que había salido aproximadamente 15 minutos antes.
“… Y por fin, felices y orgullosos de ser hombres (masculino plural) se montaron en el coche y se alejaron rumbo a lo desconocido…”
A estas alturas -un tercer piso- yo, mujer, femenino singular, me estaba preguntando porqué no abatía los asientos, o los levantaba, o trataba de meter el cuadrito en el maletero levantando la “bandejita” que lo cubre…¡Algo de eso podría hacerse con ese gran coche blanco!
Pero ¡atención! Nuestro hombre vino con ayuda. Era otro hombre pero más viejo, más experimentado. Se veía que era un hombre de ideas: quizás la edad y la pérdida del pelo lo habían hecho más sabio. Esperé…
Lo que sigue fue como una película de cine mudo. El hombre joven, gran cuadro en mano, evolucionó rápidamente, explicando al hombre mayor, que no viejo, todas y cada una de sus tentativas fallidas. Ahora una puerta trasera, ahora la otra, ahora la del copiloto, ahora el maletero, que no se molestó en abrir.
El hombre mayor reflexionó. Había estado muy atento a todas las explicaciones. Creo que pude ver el destello de la inteligencia que brillaba en su calva cuando, lento y ceremonioso, abatió el asiento trasero, y con sumo cuidado y precisión introdujo el gran cuadro en el coche blanco. Y grande también.
¡Qué júbilo! ¡Qué alegría! ¡Qué gran hombre! Se felicitaron, se congratularon, se mostraron orgullosos de ellos mismos. Dieron varias vueltas al coche, para contemplar la inteligencia de su acción desde distintas perspectivas. Y por fin, felices y orgullosos de ser hombres (masculino plural) se montaron en el coche y se alejaron rumbo a lo desconocido.
Yo, mujer (femenino singular), me quedé en mi tercer piso, sonriendo y agradeciendo sinceramente a esta singular pareja el magnífico episodio de Laurel y Hardy que me habían representado.
Aproximadamente 30 minutos de diversión…
¡Qué más se le puede perdir a un hombre… o a dos!” •
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