“Ooooooh-bama HEY, bama-bama-bama, OH, bama-hey, bama-OH-BAAAAAAMAAAAAAAAAAAAAA!!”

¡Cómo son estos americanos! Obamizados nos han dejado a todos: a mí la primera, lo confieso sin reparo.

Después de casi dos años recibiendo emails demócratas de Michelle, Barack o Laden, digo Biden, Joe Biden, no puedo menos que añorar este vacío que han dejado en mi buzón de entrada. Sé que volverán, y lo espero ansiosa, porque he aprendido más de marketing, creatividad y copy con esos emails que en todos los años que llevo dedicada a esto de la venta de “sobre blanco”, que no deja de ser venta.

El regusto que me han dejado es agridulce, como la salsa: por un lado admiración rendida por esa capacidad de embelesar, de vendernos humo en forma de esperanza, que todos -incluida yo que me tenía por una escéptica de la mercadotecnia- hemos comprado sin dudarlo ni un momento.

Y por otro envidia cochina: ¿por qué los políticos de nuestro país no se dejan aconsejar por verdaderos profesionales de las letras, la imagen y el saber estar? ¿Por qué a Zapatero siempre le hacen los trajes de pechera corta dándole ese aire de hombre-viento? ¿Y por qué nadie le explica a Rajoy que los micrófonos de hoy en día son de amplio alcance y máxima sensibilidad? ¿No ha sufrido ya bastante este hombre?

En este estado de fascinación y vergüenza ajena en la que me ha sumido el análisis profundo de los discursos de aceptación – de la derrota, uno y de la victoria, otro- de McCain y Obama no puedo menos que preguntarme por qué hay esta diferencia abismal entre ellos y nosotros: perdedor y ganador han estado elegantes, han mostrado su disponibilidad ante el rival (vencido o vencedor) y, lejos de fomentar la crispación, han pedido la colaboración para con el contrincante. ¡Qué diferente al discurso de nuestros políticos! ¡Qué pena más grande!

Luego está el patrioterismo, que en USA se vende envasado en todo tipo de packaging y que insufla el ánimo de todos los habitantes de este extensísimo país que reúne un montón enorme de estados. Pues bien, ¿alguien ha oído alguna vez a algún americano decir, todo ofendido, “Yo no soy americano, soy de OHIO”? ¿O que por qué no se creaba la selección olímpica tejana? ¿A que no? Todos quieren ser del sitio grande, del sitio guay, sin temor a que nadie les critique si a la vez dicen cosas como “no hay nada como el hogar” mientras chocan sus talones tres veces, cual Dorothy, para volver a su Kansas natal.

Pues aquí, que somos cuatro, nos llevamos todos como si fuéramos parientes políticos: criticando, malmetiendo, envidiando y esforzándonos en dividir para ganar… Curioso concepto, no cabe duda.

Y para los que a estas alturas crean que yo soy una especie de neo-conversa al espíritu del país de las barras y las estrellas, decir que nada más lejos de mi afición. Pero cuando algo está bien hecho, está bien hecho. Y punto pelota.

Y es que a mí, aquello de Yo Puedo, me sonaba demasiado cercano como para no gustarme el fútbol…¿Dónde lo había oído yo hace no mucho?

También para estas personas diré que a ver cuántos sabemos cuál es la política sobre la pena de muerte que tiene prevista Obama, o cuál es su postura sobre Irán, que no Irak… Con esto vengo a decir que seguro que no es oro todo lo que reluce, que este señor que nos ha encandilado con su magnífico aspecto, su increíble oratoria y su más que bien diseñada campaña seguro que es tan de carne y hueso como nuestros políticos (amateurs), pero está claro que está a años luz de su discurso irritado e histrónico y de su manifiesta incapacidad para entusiasmarnos, ilusionarnos y llenarnos de esperanza, que es, en definitiva, lo que Obama ha conseguido.

Es una lástima, y en ésto seguro que estáis de acuerdo conmigo, porque sí que la esperanza puede cambiar el mundo, sí que los sueños se pueden hacer realidad y sí que los buenos vendedores te colocan su producto no sólo por lo bueno, sino a pesar de lo malo.

Porque los más observadores habrán visto en la magnífica “carta de venta” que fue el discurso de la victoria de Obama que no sólo vendió elegancia y estilo, humildad y gratitud, sueños y esperanza, sino que también, como los buenos vendedores, sacó a la luz las “objeciones” que vendrán, rebatiéndolas una a una y devolviéndolas al pueblo que lo acababa de votar, porque la responsabilidad compartida pesa menos. ¡Y luego no podrán decir, que no estaban avisados!

Aún así, cuando acababa el discurso, casi se me salta la lagrimilla –yo soy “mu” sensible- y cuando la gente, emocionada y entregada, se puso a corear el YES, WE CAN (nuestro “Podemos”, sólo que nosotros dejamos el mantra motivacional para cosas realmente importantes, como el fútbol) yo me acordé de mi hija…

Y es que a mí, aquello de Yo Puedo, me sonaba demasiado cercano como para no gustarme el fútbol… ¿Dónde lo había oído yo hace no mucho? Y caí: ¡lo había visto escrito, en la clase de la “ninia”, y lo había escuchado de viva voz, transido de emoción y empuje, saliendo de la boquita de piñón de mi chiquitina!

Resulta que es el lema de 2º de Infantil: el leit motiv que anima a estos niños de 4 años a superarse, y el mismo que mi hija emplea para conseguir comerse un mini-gajo de mandarina o para demostrar a la monitora de la piscina que sí, que ella PUEDE vestirse sóla y dominar sus ansias de danzar cuál ninfa del bosque por el vestuario blandiendo sus braguitas de Hello Kitty para desespere de la pobre mujer.

¡Ay, que ver!: una admirando a los publicistas americanos y resulta que su idea principal, su resorte emocional, su mantra simbólico, el que ha levantado de la sillas a millones y millones de americanos desencantados y los ha convertidos en fervientes creyentes en el Sueño Americano es el mismo que se utiliza para que los preescolares refuercen su independencia. ¡Hay que fastidiarse!

En el fondo, este descubrimiento me gusta mucho más porque significa que el poder de la ilusión, la fuerza de la voluntad, la capacidad para la esperanza está viva. Que no tienen por qué morir cuando alcanzamos la edad adulta aunque se aletarguen. Y que, por lo tanto, está al alcance de nuestra mano el poder construir un mundo mejor.

Vamos, que si a mi niña le ha servido para lograr comerse una mandarina con 4 años, a nosotros, con unos cuantos años más seguro que él “YO PUEDO” nos sirve para comernos el mundo. Eso sí, igual nuestros ínclitos y “preparadísimos” políticos deberían repetir 2º de Infantil.

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