¡Quién me iba a decir que la famosa banda sonora de Toy Story también se iba a convertir en VSO de mi vida! Porque desde que la cancioncilla ha alcanzado visos de literalidad ya no me hace ni pizca de gracia oír a mi hija entonando la pegadiza melodía.

Parece ser que– mi pediatra dixit - hay cosas que “no había y ahora han vuelto…” Yo al pronto, me dije, este hombre ha sido abducido o algo así, porque rarito ya me parecía, pero hasta esos extremos de encuentros en la tercera fase, pues no.

Pero su reflexión no iba por esos derroteros de trekki neurótico, sino más bien referida a los “habitantes no deseados” que ahora anidan en nuestros vástagos, a saber: los piojos (¡que horror!) y sus amigas, las lombrices (¡aaaaaaaaaahhhhhhhhh!).

A mí, hablarme de bichos parasitarios y ponérseme los vellos como escarpias es todo uno, por eso, desde que este ínclito galeno infantil tuvo a bien ilustrarme sobre las últimas adquisiciones que puede hacer mi hija (que es para lo único que de momento tiene poder adquisitivo, ¡vaya por Dios!) me he transformado en la Mujer Amoníaco: una nueva super-heroína de las muchas que ya forman parte de mi repertorio de alter egos desde que me convertí en mujer y madre en la vida.
 
Cual mona junglera me aplico cada día a la frenética búsqueda de la mascota capilar, temiendo que de repente salte un bicho de esos de la melena rizada de mi niña.

Acto seguido y armada con un “flica-flica” (esos botes con pulverizador, vamos) lleno de una sabia proporción de amoniaco rebajado con agua, me entrego a la desinfección despiadada de los cuartos de baño.

La rutina de examinar con recelo el culete de mi niña también se ha convertido en una obsesión, así como el rasurado de uñas, ya casi muñones, de lo mucho que se las corto a la pobre.

En definitiva, quién me iba a decir a mí, tan poco amiga de las marujeces, que iba a terminar encarnando la viva imagen de la maruja profesional, con doctorado cum laude en limpieza de baños.

Pues así estamos… Aunque como dice mi hermano, bien mirado, así no hay que gastarse dinero en mascotas y además, tienes la tranquilidad de que los niños nunca volverán a sentirse solos.

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